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Capitulo XXIII

Publicado por IsabelGM | 19:11 | | 0 comentarios »

- ¿Así que telefonearon a tu mamá? – le dije a Bill cuando estuvimos solos, esperando a Tom en la montaña.
- Si – su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.
- ¡Fue genial! Al principio mi mamá no nos reconoció, pero nos escudamos en la baja calidad de los teléfonos celulares en las largas distancias. Entonces estuvo feliz de que por fin hubiéramos llamado. Estaba muy preocupada. Nos regaño mucho, pero no sabes lo feliz que nos hizo escuchar de nuevo su voz.
- Me siento tan feliz por ti y por Tom –le dije mientras le acariciaba la mejilla.
- Yo también me siento muy feliz, ahora siento que lo tengo todo. –Me abrazó delicadamente por la cintura. Yo hice un gran esfuerzo porque no notara la inquietud que me había provocado la plática con Seth.
Me concentré en la felicidad que sentía por el hecho que ya tuvieran contacto con su mamá, y pude sonreírle sinceramente, luego nos dimos un pequeño beso, que no duro lo suficiente para hipnotizarme como siempre, porque justo en ese momento llegó Tom de la mano de Zayra.

Caminamos un largo tramo hacia la cabaña donde vivía Zayra, ésta estaba mucho más lejos de lo que habíamos pensado, y obviamente mucho más lejos de lo que le habíamos dicho a mi padre que íbamos a estar. Íbamos a tener que regresar realmente a gran velocidad, para llegar a la hora hasta la cual me habían dado permiso.

La cabaña era completamente lo opuesto a lo que esperaba, en lugar de la típica casita rustica de troncos apilados, con techo de dos aguas y pórtico, con barandal al frente. Había una hermosa casa, de dos pisos con tablas lisas, pintadas en blanco y los techos a desnivel pintados de rojo, color que contrastaba con la montaña nevada que se elevaba atrás, y con los verdes pinos que la rodeaban. Tenía ventanas cuadradas, simétricas en los dos pisos. Esas clásicas casas que observas en las postales suizas.


La casa era encantadora, pero demasiado grande para ella sola, al parecer Bill pensó lo mismo porque cuando estuvimos instalados en la acogedora sala, frente a la chimenea preguntó.
- La casa es muy grande para ti sola ¿no?
El semblante de Zayra se entristeció por un instante casi imperceptible, y Bill se apeno un poco por haber sido imprudente.
Pero inmediatamente la jovialidad regreso a sus ojos, y nos contó su historia.

Su papá había sido un alpinista suizo, que realizaba su preparación para la siguiente escalada en las montañas nevadas de Nuevo Hampshire. Había estado a punto de perder la vida cuando, durante una tormenta, se separó su grupo, quedando perdido sin provisiones. La mamá de Zayra, una sílfide de inigualable belleza, lo había encontrado casi inconsciente muriendo de hipotermia, cerca de donde ahora se encontraba la casa. Era demasiado pesado para llevarlo de regreso a la civilización, con los humanos, para que lo ayudaran, así que se quedó con él, atendiendo sus heridas e interviniendo con su magia para que su sangre volviera a calentarse.

Irremediablemente la belleza de la Sílfide conquistó al alpinista, y el corazón de la Sílfide, al verlo al borde de la muerte, se lleno de amor y ternura hacía él. Se quedaron a vivir en la montaña, poco a poco fueron construyendo una casa que le recordaba a él, su amada Suiza. Su profundo amor se vio materializado en Zayra.

Vivieron muchos años felices, las sílfides tampoco envejecen, y la mamá de Zayra, vivía con el temor de que el cuerpo de su amado esposo, se deteriorara como el de todos los humanos y falleciera. Su papá ya se había hecho grande, y el frío congelante de la montaña, hizo estragos con su salud. Hubiera sido mucho mejor para él, regresar a la ciudad, hubiera vivido más años, pero no quiso separarse de su familia que adoraba. Murió una mañana, en la que la tormenta que azotaba, parecía ser la peor de todos los tiempos.

La mamá de Zayra enfermó de tristeza, pues lo único que puede afectarles a las de su especie es la desolación. Luchó mucho tiempo contra su enfermedad, porque no quería dejar a Zayra sola, pero finalmente falleció también.

Todos escuchamos el emotivo relato con atención, se nos había formado un nudo en la garganta, pero la expresión de Zayra nos relajó, ahora se veía radiante y feliz, ahora que tenía a Tom de la mano. Se iban a tener uno al otro por la eternidad. Parece que adivinó mis pensamientos porque las dos sonreímos al mismo tiempo. La tarde se nos fue en platicar experiencias de los cuatro, y al calor del fuego de la chimenea, el cual tenía todas las tonalidades del arco iris, el fuego era el único aspecto mágico de la casa, tan humana.

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